jueves, 12 de marzo de 2009

A TU LIBERTAD TAN AMADA


Era imposible, pero pude hacerlo

al cortarte las remeras de las alas

de las inmensas alas con que partias

cada invierno a remotos continentes.

Por eso, te quedaste conmigo,

y a pesar de colmarte de néctares preciados,

y narrarte increibles historias,

igual llorabas

por la bandada que navegaba sobre mares

de esmeraldas y estrellas de calidoscopio.

Pero al final pude entender que el hechizo

no era el ángel, sino el abrazo conmovido

de la vejez inoportuna,

y el temblor que hacen las manos

no era nada mas que el vuelo

de los pájaros que viajan debajo de la tierra.

Y el marasmo de la tarde que se espesa

con la niebla que deja la cicuta y el canto triste

de las ballenas recorriendo los últimos oceános.

Todas las bellas palabras que te decía entonces

se volvieron volantines

por tu anhelo de cielo.

Cuando de nuevo crecieron las alas

la partida fue eminente y nos despedimos

con un beso que fue apenas el intento

de un susurro.

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